Con la tontería del fin del mundo puede que todos hayamos hecho un pequeño balance de nuestras vidas últimamente. ¿No? Bueno, pues yo sí.
Si al final se acaba el mundo en unas horas nadie podrá leer estas líneas, pero aquí van:
hoy quiero pedir perdón. Quiero disculparme con los que en estos últimos días me han puesto morros cuando he dicho (o sugerido) que me costaba dejar Praga y que no he estado bien de ánimo y no era precisamente por echar de menos mi país natal.
Creo que por muchas frases enrevesadas que se me ocurrieran para plasmar aquí, no hay palabras posibles para expresar que aquí he sufrido un cambio.
"El Erasmus te cambia". No sé, no me siento una persona distinta, lo que han cambiado son mis percepciones de las cosas. Había asuntos de mucha importancia que ahora no la tienen, había cosas que no valoraba y que ahora bien valen su peso en oro y eso, amigos y familiares, es algo que sólo se puede saber cuando se vive en primera persona, cuando uno cambia de ciudad solo, donde no conoce el idioma, no conoce a nadie y, lo que es más impactante, cae en la cuenta de que tampoco se conocía a sí mism@.
Lloré las dos primeras semanas de septiembre. Estaba realmente perdida. Me encontré con demasiados cambios para los que creía estar preparada y por supuesto no lo estaba. Después, consciente de la importancia de relacionarse con la gente y no "quedarse atrás" fui formando una familia.
Familia...qué palabra tan grande. Pues sí, así es y lo siento una vez más por los que de verdad comparten carga genética conmigo, pero todas y cada una de las personas que me acompañan o me han acompañado aquí estos tres meses han sido al mismo tiempo amigos, familiares, novios, novias, primos, primas y vecinos varios. Nos hemos tendido las manos los unos a los otros porque no teníamos nada más a lo que asirnos, nos hemos sacado la sonrisa en los días que no queríamos vernos a nosotros mismos, hemos compartido cervezas, cigarros y problemas.
Por eso, ahora que ha llegado el crucial momento de decir "hasta luego" o "hasta siempre" en otros casos, la tristeza me está ahogando. Paso el día esperando que llegue el momento de encontrarlos, para pasar riendo (y aprendiendo) esas noches que nunca queremos que acaben aunque nos pueda el cansancio, a pesar de que por dentro me estoy quedando vacía cuando pienso que algunos ya no estarán cuando yo regrese en enero. Eso es una familia. Esta es mi familia y además, la prueba que demuestra que el tiempo no es un factor crucial cuando se refiere al trato entre las personas, que podemos no tener relación con un amigo de toda la vida, que puede ser nuestra vida un amigo con el que apenas hemos tenido relación.
Ahora, mi cabeza pide descanso. Tiempo para pensar, reflexionar, estar en España, como no, con mi gente, los que espero nunca duden del amor que siento por todos y cada uno de ellos. Ese amor es precisamente el que me ha dado licencia para decir: "Estáis ahí". Por eso, perdonadme si ahora me quiero comer la vida, porque puede que se acabe el mundo mañana, o peor, que no se acabe y nos lo carguemos nosotros, pero esta que aquí escribe hoy tiene una sensación de melancolía aunque pintada con una sonrisa, porque sus días hoy por hoy, son un regalo que el tiempo no puede robar.
Si al llegar no soy la misma chica que se fue, por favor decídmelo,
pero sobre todo, perdonadme.
viernes, 21 de diciembre de 2012
lunes, 17 de diciembre de 2012
martes, 11 de diciembre de 2012
Hoy tengo uno de esos días en los que necesito escribir para arrancarme las emociones, que diría muchas cosas pero no encuentro la manera de darle forma al contenido.
He pasado por uno de esos momentos de ahogo... es como si hubiese un dolor fantasma...ese que dicen te da cuando has perdido un miembro y el cerebro sigue pensando que está ahí; algo más o menos así me pasa. Me falta algo que sin duda oxigena mi cerebro y me da vida. Algo que me ahoga porque no está...
La verdad es que la atmósfera ha ayudado un poco; caminaba hacia un concierto de navidad en una iglesia y me he visto obligada a atravesar una calle que sólo estaba iluminada por el rojo cielo de nieve, y en la que he compartido trayecto con la pared de un cementerio, donde de cuando en cuando podía a través de las verjas ver las tumbas cubiertas de nieve y las velas encendidas (Trayecto tachado para próximos eventos).
En definitiva, cuando al fin he vislumbrado la iglesia me ha dado por pensar, "María (porque yo cuando me pongo seria me llamo por mi nombre), así es la vida en realidad... miedo, oscuridad, puede que sensación de llevar a alguien siguiéndote en determinados momentos (broma) y luz al final del túnel".
¿Problema? No estabas al final del túnel.
No te encuentro últimamente aquí a mi lado, no te siento.
Sigo esperando una señal.
He pasado por uno de esos momentos de ahogo... es como si hubiese un dolor fantasma...ese que dicen te da cuando has perdido un miembro y el cerebro sigue pensando que está ahí; algo más o menos así me pasa. Me falta algo que sin duda oxigena mi cerebro y me da vida. Algo que me ahoga porque no está...
La verdad es que la atmósfera ha ayudado un poco; caminaba hacia un concierto de navidad en una iglesia y me he visto obligada a atravesar una calle que sólo estaba iluminada por el rojo cielo de nieve, y en la que he compartido trayecto con la pared de un cementerio, donde de cuando en cuando podía a través de las verjas ver las tumbas cubiertas de nieve y las velas encendidas (Trayecto tachado para próximos eventos).
En definitiva, cuando al fin he vislumbrado la iglesia me ha dado por pensar, "María (porque yo cuando me pongo seria me llamo por mi nombre), así es la vida en realidad... miedo, oscuridad, puede que sensación de llevar a alguien siguiéndote en determinados momentos (broma) y luz al final del túnel".
¿Problema? No estabas al final del túnel.
No te encuentro últimamente aquí a mi lado, no te siento.
Sigo esperando una señal.
lunes, 10 de diciembre de 2012
Insomnio
He empezado la semana demasiado temprano.
Me he levantado considerando la posibilidad de que a medida que avanza el tiempo nos enamoramos con mucha menos intensidad, parece que sentimos menos y que ser correspondidos o no, poco importa, porque todo eso queda tapado bajo esa vida tan ajetreada que llevamos... bajo nuestra familia, nuestros amigos, una cena, una noche de fiesta o un viaje.
Después he caído en la cuenta de que me equivocaba otra vez. No amamos menos, ni de distinta manera. No nos hacemos de piedra ni nos resbalan las cosas.
Simplemente... somos un poco mejor mentirosos.
Me he levantado considerando la posibilidad de que a medida que avanza el tiempo nos enamoramos con mucha menos intensidad, parece que sentimos menos y que ser correspondidos o no, poco importa, porque todo eso queda tapado bajo esa vida tan ajetreada que llevamos... bajo nuestra familia, nuestros amigos, una cena, una noche de fiesta o un viaje.
Después he caído en la cuenta de que me equivocaba otra vez. No amamos menos, ni de distinta manera. No nos hacemos de piedra ni nos resbalan las cosas.
Simplemente... somos un poco mejor mentirosos.
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Echando la vista atrás (1)
Había olvidado que hace una semana corría desquiciada por la habitación debatiéndome entre qué modelito elegir para la salida de esa noche y terminar la exposición que tenía que hacer en clase al día siguiente.
Había olvidado que al final la noche fue perfecta, que el modelito poco importó; que las risas, los abrazos y los besos no faltaron y que gracias a todo eso, ahora no puedo olvidarte.
Me había olvidado de todo... menos de ti, que estarás siempre conmigo, aunque se empeñe la distancia en decirme lo contrario.
P.
Había olvidado que al final la noche fue perfecta, que el modelito poco importó; que las risas, los abrazos y los besos no faltaron y que gracias a todo eso, ahora no puedo olvidarte.
Me había olvidado de todo... menos de ti, que estarás siempre conmigo, aunque se empeñe la distancia en decirme lo contrario.
P.
lunes, 3 de diciembre de 2012
.
Y a lo mejor la espina es la supervivencia de la rosa,
y a lo mejor la herida sangra para advertirme del dolor...
Cómplices.
y a lo mejor la herida sangra para advertirme del dolor...
Cómplices.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Al salir de clase.
No, no voy a hacer una reflexión sobre aquella mítica serie de televisión. Es que venía en el tranvía reflexionando que me gusta salir de clase por la tarde en invierno.
Salgo a las cuatro y cuarto de aquí, que más bien parecen las ocho. Es ese punto del día en el que empieza a anochecer pero la luz del día que resta es lo suficientemente nítida para dejarte ver las calles, el paisaje en general. Las luces de los coches están encendidas y las luces dentro de las casas parecen más brillantes. Se aprecian las lámparas de los techos, las mesas de las casas, las aulas.
El ambiente huele a cansancio, a quien sale del trabajo y quiere llegar ya a casa tras un largo día o a quien sigue trabajando y cuenta las horas para marcharse. Hay tráfico, pero paz... la paz del día que se va, con sus cosas bien hechas y mal hechas, qué importa ya. Mañana es un nuevo día para empezar otra vez.
Me gusta ver a los niños y pensar en que les espera la ducha, la cena y la cama, con sus sueños, sin problemas; también las personas mayores, aguantando estoicamente el frío, bajando quejicosos del vagón o incluso, como me ha pasado esta tarde, cantando. No he podido evitar sonreír, después de ocho horas en clase venía con dolor de cabeza, pensando en comer algo o descansar simplemente, cuando se ha sentado detrás de mí un señor que bien pasaría los setenta, tarareando una canción a pesar de sentirse, muy probablemente, más cansado que yo.
Unos miran por la ventana, otros leen un libro que ha sido leído muchas veces y otros favorecen la sordera con los auriculares. Los restaurantes se preparan para la noche del jueves, los cafés están llenos.
En el horario europeo es casi el fin del día, el momento del reencuentro. Hasta mañana, cuando volveremos a encontrarnos, con los ojos aún hinchados.
Salgo a las cuatro y cuarto de aquí, que más bien parecen las ocho. Es ese punto del día en el que empieza a anochecer pero la luz del día que resta es lo suficientemente nítida para dejarte ver las calles, el paisaje en general. Las luces de los coches están encendidas y las luces dentro de las casas parecen más brillantes. Se aprecian las lámparas de los techos, las mesas de las casas, las aulas.
El ambiente huele a cansancio, a quien sale del trabajo y quiere llegar ya a casa tras un largo día o a quien sigue trabajando y cuenta las horas para marcharse. Hay tráfico, pero paz... la paz del día que se va, con sus cosas bien hechas y mal hechas, qué importa ya. Mañana es un nuevo día para empezar otra vez.
Me gusta ver a los niños y pensar en que les espera la ducha, la cena y la cama, con sus sueños, sin problemas; también las personas mayores, aguantando estoicamente el frío, bajando quejicosos del vagón o incluso, como me ha pasado esta tarde, cantando. No he podido evitar sonreír, después de ocho horas en clase venía con dolor de cabeza, pensando en comer algo o descansar simplemente, cuando se ha sentado detrás de mí un señor que bien pasaría los setenta, tarareando una canción a pesar de sentirse, muy probablemente, más cansado que yo.
Unos miran por la ventana, otros leen un libro que ha sido leído muchas veces y otros favorecen la sordera con los auriculares. Los restaurantes se preparan para la noche del jueves, los cafés están llenos.
En el horario europeo es casi el fin del día, el momento del reencuentro. Hasta mañana, cuando volveremos a encontrarnos, con los ojos aún hinchados.
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