jueves, 19 de septiembre de 2013

Caminos de ida.

Anduve despistada. La claridad del día se me antojaba cegadora tras los despistados pasos en la penumbra de un túnel del que nunca creí salir. Tenía los bolsillos tan vacíos como el corazón, y caminé, con el brío certero del que ya no esperan en ningún sitio, con la prisa de quien no sabe a dónde va.

Anduve mucho. La soledad me daba una flexibilidad que me permitía hacer y deshacer rutas, sentarme en el suelo y contemplar el paisaje.

Anduve, anduve y me confié. Hice del mundo algo mío y creyéndolo en mi bolsillo fui capaz de vendarme los ojos y andar descalza por las vías del tren. Me enamoré, me enamoré de la vida, del instante, del riesgo.


Te quise olvidándome de la inanición.
Me llené los bolsillos...de caminos.








Era tan pobre, que no tenía más que dinero.
Joaquín Sabina

sábado, 7 de septiembre de 2013

No hubiera creído al que te nombrara hace apenas unos meses.
Septiembre trae consigo ese sentimiento de una especie de cuenta atrás: los meses que acaban en -bre, son casi siempre sinónimo de cambios, rutinas y esperanzas; en otras palabras, asuntos que zanjar.
Reconozco me encuentro impaciente; a pesar de los intentos por vivir al día y disfrutar ese momento que apenas acaba de irse, una parte de mi quiere adelantar el reloj y echar un vistazo a diciembre, por ejemplo, por la curiosidad de descubrir lo que ahora se antoja como cualquier posibilidad, pues creo poder afirmar que este está siendo el año más dispar de mi vida.


Ahora que es tarde, que ya he metido la pata, que el daño está hecho y no parece haber vuelta atrás; ahora que los pies han despegado del suelo y que podría darlo todo de nuevo en la certeza del error: ahora que la medicina es equívoca pero funciona, ahora tengo que pensar en maletas de nuevo.
Has conseguido que no quiera irme. Me has conseguido.
Y lo que más rabia me da, es que precisamente por eso, me tengo que ir.






En Comala comprendí, que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver...
J. Sabina.
A la chica que se dormía pensando en ti:


desde aquí me siento orgullosa de tu emancipación. Sabíamos que habríamos de separarnos llegado el momento de la nueva inyección, de una ola de calor abanicada por una sonrisa que, a pesar de su condición de fenómeno que igual que viene se va, arrastra consigo lo que queremos borrar de la arena.

Te diría que no dejaras de soñar aun así, pues era condición humana y bonita la tuya de imaginar lo que anhelabas como forma de conciliar el sueño; la vigilia de los deseos llena de una paz que hay que saber controlar para separar posibles de imposibles. No, no dejes de soñar a pesar de todo porque hay sueños que se hacen realidad, pues pronto llegará el día en que quizás, cuando abras los ojos, tu sueño dormirá a tu lado.

martes, 27 de agosto de 2013

Tormenta de verano

Hoy, tras muchas semanas de quietud y paz, en este nuevo yo que supone contar hasta diez y morderse la lengua antes de chamuscar a alguien con palabras, me he enfadado con el mundo. No me ha gustado lo que he visto, no me ha gustado revivir en mí la sensación de querer dar una patada a todo, quitar aquello que simplemente molesta.
No sería yo de no ser por las batallas que libro. Perdería la personalidad por el camino si me deshiciera de mis desvelos: pero soy un ser humano, y a veces me canso de ser un punto de mira, un blanco, una diana, un cajón desastre. Como ser humano, me duelen los enfados des-motivados, pagar por lo que creo que no he comprado y sobre todo, sentirme castigada: especialmente ahora. Ahora que intento ejercer una libertad de expresión y pensamiento que me lleve a desarrollarme como persona como a mí me gusta: sin hacer ruido. Ahora que intento estar dispuesta cuando alguien lo requiera, sacando ganas desde la poca disposición de los hechos a hacerme un guiño en los últimos tiempos.
Luego ha habido tormenta y la vulnerabilidad se ha reflejado al mismo tiempo que los relámpagos en los cristales de la oficina. El ambiente ha quedado fresco antes de que los truenos empezaran otra vez. Han vuelto el bochorno y el sudor. Solo que esta vez no tenía miedo.
No me juzgues no, no me juzgues por caminar.
Y enfádate si quieres, que no por ello voy a parar.



Gracias, sonrisa de verano.

jueves, 22 de agosto de 2013

Inspiración de oficina

Hay golpes pequeños que son mortales dependiendo del lugar y la fuerza con que se apliquen. El hachazo recibido en un día cualquiera como pueda ser hoy no va a ser el que me mate, pero sí va a ser quizá el que te baje del trono, y eso también duele. Creo en el karma, el círculo de la vida, las acciones que vuelven y los precios a pagar. Creo que las malas personas antes o después reciben su castigo, la vida llega tarde o temprano con su factura. Pero también creo que la decepción que supone pensar que alguien no sea buena persona, o al menos tan buena como tú la creías, puede ser un dolor profundo e insoportable.


Después de sacarme las lágrimas he empezado a pensar en aquello que provoca mi sonrisa, en mi rotunda negativa a que el golpe me hunda, por mucho que en el impacto me haya tirado al suelo. Y es por eso que hoy te necesito, necesito ver tu sonrisa, y que vengas, como ya viniste cuando al tenderme tu mano y buscarme encontraste un alma rota que te entretuviste en componer con tus ilegales manos.
Cúrame el ala, que pueda volar otra vez si no puedo quedarme contigo.

lunes, 19 de agosto de 2013

La playa

Y así, sin la percepción que podía suponer el acto de avanzar, dejar cosas atrás, mirar la arena para no encontrar las huellas hace un momento marcadas nunca más, con la seguridad de haber almacenado cada recuerdo, guardado cada ruta y atesorado cada palabra bonita, dejó que la brisa ejerciera su voluntad y se encargara de sus pasos. Ya no tenía por qué oponerse a nuevos e indefinidos rumbos, pues bien sabía que allá donde fuera también saldría el sol, también habría tormenta…
Había vendido su casa, vaciado sus bolsillos y despojado su vida de aquello que le pudiera recordar una vida que no fue, un sentimiento que murió, de pena, en la soledad de haberse creído inventado para dos. Todo muy poco a poco. Un incendio de recuerdos y verdades a medias estaba consumiendo su alma. Todo muy poco a poco. Apenas unos días antes descolgó la última foto de la pared, ya sin rabia o recelo, sin felicidad. Hasta que llegó el rescate. Alguien se coló en su casa, sin permiso, sin maneras. Le quitó todo: hasta sus miedos. Aún mientras veía unos brazos extraños rodear su cuerpo, una parte de su ser se aferró a una memoria pasada; aún por un momento se torturó con el desbanco de sus emociones.
Pero poco, muy poco a poco, empezó a reaccionar, a sentir una extraña atracción por el deseo de posesión que lo intruso provocaba. Cedió, como cede ante la vida aquel que lo  ha perdido todo. Se fundió con lo extraño, no daré más detalles, y tras el paso del huracán sintió la fuerza que le faltaba para escribir un nuevo episodio. Corazón en mano y tembloroso, sentimientos indefinidos y ganas de escapar le movían ahora. Quizá, pensó, a veces nuestras mitades han de encontrarse por un momento. Quizá hay personas que aparecen de mundos donde también se ahogan y vienen a enseñarnos algo, a recordarnos que estamos vivos. Quizá, ¡Ojala!, la otra parte también aprende. Lo importante es que después se marchan sin hacer ruido. Y no duele. No hay lágrimas, pues suele ocurrir que el rescate se produce cuando las has agotado todas.
Y así, sin la percepción que podía suponer el acto de avanzar, dejar cosas atrás, mirar la arena para no encontrar las huellas hace un momento marcadas nunca más, con la seguridad de haber almacenado cada recuerdo, guardado cada ruta y atesorado cada palabra bonita, dejó que la brisa ejerciera su voluntad y se encargara de sus pasos.

…y nunca miró atrás, para que se le olvidara el tiempo que le habían robado.











Gracias, sonrisa de verano.

sábado, 10 de agosto de 2013

Amor a quemarropa

El alivio que queda tras un dolor que no te deja respirar; sentir, como sintió ella que no era el fin. Un suspiro, ese momento tras una despedida en que una de las partes mira hacia atrás y ve partir lo que hace un momento lo rodeaba. El método más rudimentario, la medicina ilegal. Sudar, reaccionar, permitir ahora por si luego está prohibido. Llegar y disfrutar la sensación de haberlo conseguido.


"Dispárame" le dijo a la vida mientras se quitaba la ropa. "Dispárame, que ya estoy lista para mirar al sol".