No tengo ningún problema en escribirte directamente, al fin y al cabo esta es casi tu casa. Aquí he guardado cada momento, cada recuerdo y cada pensamiento, a veces tan disfrazado que ni yo misma puedo entender ahora algunas veces a qué me refería cuando lancé esas palabras. Pero todas venían de mis sentimientos.
Y estas no van a ser menos.
Te quiero. Y cualquiera que me conozca lo sabe. A veces te he querido mucho, a veces me has dado verdadera tirria y montones de veces más nos hemos tirado los trastos a la cara sin piedad para luego reírnos de una gilipollez juntos al día siguiente. Me importas. Y cualquiera que me conozca lo sabe. Me importas hasta cuando digo que no me importas y me seguirás importando porque para algo has sido protagonista de mi peli durante meses y meses y meses, tantos meses que han llegado a formar años. Y no, no te quiero echar de la película ya, así, tan pronto, ni siquiera cuando rompo el guión y me voy enfadada. Seguro que tú también tienes una lista infinita de motivos por los que dar portazo y no volver nunca más, y a veces me pregunto qué guiño del destino hay detrás de todo esto para que al final no podamos estar el uno sin el otro. Una vez incluso "Alguien" llegó a decirme que no importaba lo que viniera para mí en los capítulos siguientes, que Tú ya eras el hombre de mi vida. Y yo hoy, sentada en la cama con el ordenador en las rodillas y estas pintas de loca te aseguro por lo que más quieras que de haber sabido todo lo que se avecinaba me habría ido bien lejos para no volver en aquel preciso momento.
Y conforme fue pasando el tiempo, menos tuvimos que echarnos a la cara el uno al otro, pues ambos tuvimos la culpa de que nuestra relación fuera una montaña rusa; así nació, así seguirá. Y yo nunca te he culpado por no quererme como yo te quise a ti: yo nunca te he pedido que me quieras. Sin embargo, mucho tengo que agradecerte pues siempre has sabido quererme a tu manera, tenerme en cuenta, para lo bueno y para lo malo, como tú dices. Has sido mejor amigo de lo que muchos llegarán a saber, pero eso no te convierte en el único; de hecho, me vaya bien o mal (más bien mal), puedo dar gracias a diario por la gente que me rodea, esa que me quiere aun cuando más insoportable soy: esa que se quedó conmigo cuando tú te quedaste al otro lado de la puerta, ¡Y ojo! De nuevo sin reproches, porque yo saqué el "Mihura" que llevo dentro para seguir siendo tu amiga a pesar de todo y tú hiciste lo que mejor sabes hacer, seguir estando ahí hasta cuando yo pretendía apartarte, jugando tus cartas, interpretando ese papel en mi vida del personaje (y nunca mejor dicho lo de personaje) que nunca se ha de marchar.
Y todo este cuento viene porque ahora te quieres marchar. Porque, básicamente, me has castigado. Me has castigado por estar enamorada de alguien malo malísimo (que no eres tú): me has castigado porque sientes que te he dejado atrás, y me has castigado porque la versión de mí que te gusta es aquella que no puede vivir sin ti, y entre otras cosas, no conoces otra. Así que por nosécuántavezyahoy te digo que lo siento. Siento ser un quebradero de cabeza, siento ser una carga, siento estar ciega y ser un poco torpe. Siento que se caigan las expectativas de los que me rodean por mi culpa, nada más lejos de mi intención. Lo siento de veras. Creo que esta tarde he dicho varias veces "Yo sólo pido..." y ha sido un error. Porque yo no pido nada, porque entre otras cosas no creo que la amistad se pida. No creo que el que está ahí ofreciendo su hombro para que lloren en él lo haga porque se lo han pedido, sino que lo hace porque lo siente así. Al menos yo lo siento así cuando me toca estar en el otro equipo.
¿Comprensión? ¿Paciencia? ¿Apoyo? Lo que queráis darme...
No pasa nada; yo sabía a lo que me exponía, conocía los riesgos, lo que podía perder, y lo que podía ganar. Y lo que más me cuesta hacer ver al mundo en los últimos meses es que estoy donde estoy porque yo lo he querido así. Ah, y además he sido muy feliz por cierto...
Pero hay una cosa en la que sí te voy a dar la razón: tengo que quererme un poco más. Y voy a empezar desde este momento. Voy a confiar en mí y en lo que siento y a permitir que los consejos de los demás sean guías pero en ningún momento cuerdas. Y voy a llorar si me apetece llorar y a pelear un poquito más si aún me quedan fuerzas. Si no quieres estar ahí, no te guardaré ningún rencor. Al fin al cabo no somos tan distintos, y a pesar de los consejos (sabios consejos) de los de nuestro alrededor, todos tenemos en nosotros mismos la última palabra: la decisión final.
Y la mía aún no ha llegado.
Y la suya tampoco.
¿Y la tuya?
domingo, 2 de febrero de 2014
miércoles, 8 de enero de 2014
Una mirada vale más que mil palabras
Me
gusta mirarlo cuando él no me mira. Es ese momento que todos compartimos alguna
vez en nuestra, sana supongo, envidia hacia la gran pantalla. Creo que todos
queremos ser los protagonistas de una pequeña historia alguna vez; una de esas
con flashback y una música chula de fondo que evoque tiempos mejores o
sentimientos de nostalgia. Yo me sumerjo en mi pequeño cortometraje cuando lo
miro, sobre todo cuando lo miro a través de la mesa, colocando sus papeles y
acertando con las teclas del ordenador. Lo miro desde la perspectiva desde la
que lo he mirado muchas veces más y sobre todo lo miro sonriendo al pensar que
son los mismos ojos que un día no querían parar de mirarlo, y ahora tampoco
quieren. Mirarlo no supone una forma de examinarlo, más bien lo contrario: me
examino a mí en mi percepción de él, y por ahora la respuesta ha venido dada
involuntariamente por unos sentimientos que afloran al recordar las tardes de
verano, aquella viveza, ese positivismo que a mí me revivió y siempre
agradeceré. Veo al chico del polo azul marino que ahora lleva jersey y eso me
recuerda el paso del tiempo. Veo que nota que lo estoy mirando y no le importa,
ni siquiera aunque hayamos tenido alguna “peleilla”, porque el tiempo se encarga
de rozar a las personas para que así sean más conscientes de lo que pueden
perder.
Pero
sobre todo me gusta mirarlo porque sé que tarde o temprano va a levantar la
mirada y me va a corresponder, y mientras eso pase y le sigan brillando los
ojos, sabré que el día no ha pasado en balde.
Buenas noches.
martes, 7 de enero de 2014
Microcuento
Él se esforzaba año tras año por enseñarle qué era la magia. Los ojos misteriosos, la varita, la capa y la chistera no eran razón suficiente para que ella creyera en su poder. Entre apariciones y desapariciones, palomas, conejitos blancos y pañuelos de colores pasaban las semanas hasta que ella, finalmente, se rendía al embrujo de un truco que no supiera explicar.
El problema es que después de los focos y las risas, cuando el truco acababa y bajaban de aquel escenario, él volvía a la vida real, aquella donde sin la capa y la chistera no lo reconocían, pero para ella no había otra realidad que no fuera la magia.
Ella se quedó atrapada en el viejo truco de la sierra hasta tal punto que siempre creyó que una parte de ella permanecía guardada en una caja, esperando a ser recompuesta. Y él era un ejecutivo inadvertido en una multitud de sueños, un estirado con corbata que guardaba una baraja en el maletín.
A veces sus vidas se cruzaban un momento en aquel teatro abandonado, donde ella refugiaba sus pensamientos y él daba alas a su vocación. Pero sus mundos nunca llegaron a tocarse.
Porque él no sabía ver la magia en la realidad; y para ella no había otra realidad, que no fuera la magia.
El problema es que después de los focos y las risas, cuando el truco acababa y bajaban de aquel escenario, él volvía a la vida real, aquella donde sin la capa y la chistera no lo reconocían, pero para ella no había otra realidad que no fuera la magia.
Ella se quedó atrapada en el viejo truco de la sierra hasta tal punto que siempre creyó que una parte de ella permanecía guardada en una caja, esperando a ser recompuesta. Y él era un ejecutivo inadvertido en una multitud de sueños, un estirado con corbata que guardaba una baraja en el maletín.
A veces sus vidas se cruzaban un momento en aquel teatro abandonado, donde ella refugiaba sus pensamientos y él daba alas a su vocación. Pero sus mundos nunca llegaron a tocarse.
Porque él no sabía ver la magia en la realidad; y para ella no había otra realidad, que no fuera la magia.
domingo, 5 de enero de 2014
M
Un año más nos situamos en este día agridulce que me recuerda que mis ilusiones de cada año se ven contrarrestadas por la necesidad de mi mayor ilusión, que es el poder haberte conocido.
Intento imaginarte regañándome, abrazándome, dándome besos y cuidándome ante el resto. Intento pensar siempre que nos llevaríamos muy bien, incluso que formaríamos un buen equipo.
No hace mucho tiempo encontré una foto tuya que nunca había visto: sentado, tan tranquilo, como delante de la tele, comiendo algo de un gran cuenco. Sonreí al pensar que seguramente yo estuviera haciendo lo mismo y de hecho aquella noche soñé con la necesidad de tenerte a mi lado, como a un amigo.
Este es mi pequeño homenaje hacia ti, hacia la persona que de alguna manera siempre está; a la que más de una vez seca mis lágrimas desde el cielo con caricias.
Intento imaginarte regañándome, abrazándome, dándome besos y cuidándome ante el resto. Intento pensar siempre que nos llevaríamos muy bien, incluso que formaríamos un buen equipo.
No hace mucho tiempo encontré una foto tuya que nunca había visto: sentado, tan tranquilo, como delante de la tele, comiendo algo de un gran cuenco. Sonreí al pensar que seguramente yo estuviera haciendo lo mismo y de hecho aquella noche soñé con la necesidad de tenerte a mi lado, como a un amigo.
Este es mi pequeño homenaje hacia ti, hacia la persona que de alguna manera siempre está; a la que más de una vez seca mis lágrimas desde el cielo con caricias.
martes, 31 de diciembre de 2013
New Year's Eve
2014
De
momento sólo cuento con un balance…una pequeña reflexión, quizá más que nada un
resumen de mi año, pero no tengo conclusiones, no sabría definir en pocas
palabras lo que los meses que se marchan han supuesto para mí; quizá porque ha
sido tanto, tanto, lo aprendido este año, que no puedo más que plasmarlo en
letras que poder releer de aquí a algún tiempo, cuando necesite recordar que la
vida es un círculo que por cada cosa mala una buena te da. Y viceversa.
Empecé por comerme las uvas, decidida a que fueran
el entrante de un menú llamado “vida nueva”, aquella que vino marcada por un
gran cambio en el ámbito sentimental. De hecho, casi podría afirmar que el año
que se está desvaneciendo ha supuesto una montaña rusa de sentimientos que aún
divagan sin haber desembocado en un camino concreto. En cualquier caso y aunque
ahora, me consta, he perdido mucha credibilidad, no fue fácil, ni sencillo. Y
dolió, porque es duro para todos dejar atrás las cosas que un día amamos. Sea
como fuere, el año empezó marcado por el retorno a Praga, donde habría de pasar
casi media docena de meses. Praga fue la maestra, la anfitriona de mi cambio,
una madre que me arropó cuando la mía estaba lejos, mi compañera y mi más
íntima amiga. Aquella María algo irascible no habría de volver de la República
Checa nunca más: aprendí a contar hasta 10, a darle importancia a lo importante
y a restársela a lo banal. Aunque aún me quedaba un error por cometer:
desenterrar una historia que ya creía acabada hasta el punto de equivocarme, de
equivocarte incluso. La historia interminable volvía a abrir sus páginas
momentáneamente y por un instante creí tocarte; sentí, durante unos días, que
podía escribir aquel final que tanto nos intrigaba. Y como ya he dicho, me equivoqué, o eso creí, porque el
tiempo en su caprichoso movimiento me dio, si no el último capítulo, la certeza
de que no estaba loca cuando escribí el prólogo. Ahora necesito algo más de tiempo, para saber
cuán sabios o tontos hemos sido: hagan sus apuestas.
Para cuando retomé el contacto con el calor
español, logré el mayor éxito de mi vida hasta el momento: terminar mi carrera.
Pocas cosas me hacen sentir más orgullosa ahora mismo, pocos tesoros son más
valiosos que sentirse realizado en lo que te gusta.
No habría de ser un verano corriente aquel cuyo
preludio fue un invierno de cambio, y lo cierto es que trabajar en algo que a
priori sonaba a chino para mis oídos abrió mis puntos de mira y llenó un
espacio que había quedado raro, vacío y hasta solitario. Para cuando volví a mirar
al sol tu sonrisa ya le hacía sombra. Tú, ahora, en el momento presente del
teclado, eres, junto a mi carrera, el segundo acontecimiento más importante del
año. Tú, que me devolviste la vida, y queriendo ser parte de ella aún no te has ido. Tú, que eres tan real como
incierto y que ahora me miras con unos ojos llenos de dudas (casi más de las
que pueda tener yo)pero sobre todo de amor del que se siente pocas veces en la
vida, eres mi mayor propósito para el año que entra: eres el que me hace
quedarme y el que ahora, en la perspectiva que da la distancia, me hace ver que
todo lo vivido no ha sido en balde. Y creedme, no lo será; ni siquiera si te
vas. Así me lo has enseñado.
Con el movimiento de las historias que tienen
pronóstico reservado y la marcha incansable de las semanas, me planto en el fin
de año con una mala racha que parece quedarse atrás, pero que como decía al
principio, algo bueno lleva consigo: muy agradecida a todos los que han
demostrado cumplir con creces lo que la palabra amistad significa, y también
muy convencida de que amistad es un sentimiento aplicable a compañeros,
familiares e incluso personas que no ves con la frecuencia que te gustaría. No
voy a nombrar a nadie porque esto no necesito recordarlo luego: viven todos en
mí. Entusiasmada y a la vez asustada si pienso en el designio sentimental: con
mis ganas de luchar y el temor a que este año que entra te aparte de mi lado
asemejándose así al año que se marcha. Pero ante todo con ganas, porque estos
cambios vienen a demostrar una vez más como cierto aquello que llevamos por
bandera y siempre se nos olvida cumplir: hay que vivir el momento. Por eso dejo
aquí el balance, el resumen, pero me decido por el día que vivo, porque en más
o menos medida nuestra mente se está posicionando en lo que nos traerá en enero
y no, no deberíamos olvidarnos de despedir a este diciembre como se merece,
aunque sólo sea porque es el mes más valiente, pues arrastra el peso y el
cansancio de los meses a su espalda, de las cosas que quedaron en el tintero y las
que no salieron como esperábamos; pero siempre se marcha con esperanzas
renovadas, las que nosotros queramos darle: el aliento para la nueva hoja del
calendario.
Dicen que cuando una puerta se cierra se abre una
ventana. Yo quiero abrirlas todas, para empezar desde este mismo momento a
liberar las cargas de diciembre del año que viene; y eso, es un propósito
diario, no de Año Nuevo.
Feliz 2014
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Merry Christmas
Y ahora, tras la primera toma de contacto con la ansiada (o no) Navidad, vienen esos días de reflexión, de balance, de lo que sí de lo que no, los asuntos pendientes, de dónde quedaron las ilusiones que juramos hace ahora trescientos sesenta días.
Pensaba escribir mi balance y sobre la marcha he decidido esperar. De hecho, si no tuviera que cenar con la familia, recoger la mesa y prepararme para las uvas seguramente dedicaría ese último rato a la escritura, para asegurarme de que poco o nada varíe mi vida desde balance al momento de las campanadas; y es que si algo me ha enseñado el 2013 y aún más mi situación actual es que todo puede cambiar en un momento. Y no han sido pocos no, los cambios de este año: pero lo dicho, luego os lo cuento.
De momento me voy a dormir feliz en este casi acabado día de Navidad. Feliz... en esta felicidad que a ratos se hace amarga, porque los días me van haciendo cada vez más impaciente, cada vez más exigente. Si ya conocía la fugacidad de los momentos felices, incluso el miedo que da saberse feliz y temer que algo malo venga pisándote los talones, ahora, feliz o no, casi siempre tengo miedo: ese miedo tan enfermizo que siente el que ve tambalearse sus mayores ilusiones, el que vive trazando planes casi paralelos a veces, como queriendo crear una falsa línea de seguridad por si alguno de ellos hubiera de fallar.
Tendemos a comparar nuestras vidas con el mar, la playa, el vaivén de las olas como sinónimo de nuestros propios cambios...pues bien, ahora creo que a la playa van dos tipos de personas: las que no se molestan en construir un castillo de arena porque saben que cuando suba la marea se destruirá y lo poco que quede de él será barrido por la máquina que pasa a primera hora de la mañana, y las que lo construyen sin más, asumiendo el riesgo, con la ilusión de un niño para verlo montado; porque al final, no importa las torres que tenga, seguramente no tenga bandera, ni princesa, ni cocodrilos, ni dragón... pero como Sergio y yo solemos decir muchas veces: ¿Y lo que nos hemos reído? Pues eso, eso es lo que se pierde el hombre escéptico que no construye su castillo.
Por eso quiero irme a la cama feliz en el miedo, pero agradecida de tener un cubo y una pala. Voy a construir y voy a disfrutar de la arena (ahora, que toca nieve, muñecos y belenes, así soy yo). Porque por ti volvería a construir la Torre de Babel con sus siete pisos, y si al final el mar se la lleva, empiezo otra vez.
Por eso somos arena y tenemos tantas formas.
Buenas noches
Pensaba escribir mi balance y sobre la marcha he decidido esperar. De hecho, si no tuviera que cenar con la familia, recoger la mesa y prepararme para las uvas seguramente dedicaría ese último rato a la escritura, para asegurarme de que poco o nada varíe mi vida desde balance al momento de las campanadas; y es que si algo me ha enseñado el 2013 y aún más mi situación actual es que todo puede cambiar en un momento. Y no han sido pocos no, los cambios de este año: pero lo dicho, luego os lo cuento.
De momento me voy a dormir feliz en este casi acabado día de Navidad. Feliz... en esta felicidad que a ratos se hace amarga, porque los días me van haciendo cada vez más impaciente, cada vez más exigente. Si ya conocía la fugacidad de los momentos felices, incluso el miedo que da saberse feliz y temer que algo malo venga pisándote los talones, ahora, feliz o no, casi siempre tengo miedo: ese miedo tan enfermizo que siente el que ve tambalearse sus mayores ilusiones, el que vive trazando planes casi paralelos a veces, como queriendo crear una falsa línea de seguridad por si alguno de ellos hubiera de fallar.
Tendemos a comparar nuestras vidas con el mar, la playa, el vaivén de las olas como sinónimo de nuestros propios cambios...pues bien, ahora creo que a la playa van dos tipos de personas: las que no se molestan en construir un castillo de arena porque saben que cuando suba la marea se destruirá y lo poco que quede de él será barrido por la máquina que pasa a primera hora de la mañana, y las que lo construyen sin más, asumiendo el riesgo, con la ilusión de un niño para verlo montado; porque al final, no importa las torres que tenga, seguramente no tenga bandera, ni princesa, ni cocodrilos, ni dragón... pero como Sergio y yo solemos decir muchas veces: ¿Y lo que nos hemos reído? Pues eso, eso es lo que se pierde el hombre escéptico que no construye su castillo.
Por eso quiero irme a la cama feliz en el miedo, pero agradecida de tener un cubo y una pala. Voy a construir y voy a disfrutar de la arena (ahora, que toca nieve, muñecos y belenes, así soy yo). Porque por ti volvería a construir la Torre de Babel con sus siete pisos, y si al final el mar se la lleva, empiezo otra vez.
Por eso somos arena y tenemos tantas formas.
Buenas noches
lunes, 16 de diciembre de 2013
Consejos vendo, y para mí no tengo.
Lo primero que hago cada día al levantarme es preguntarme si merecerán la pena los malos ratos, los pensamientos dañinos, las dudas, la espera, la distancia, la incertidumbre y los quebraderos.
Y mientras lo segundo que haga cada día al levantarme sea contestarme a mí misma que sí, que él hace que la lucha valga la pena, sabré que estoy en el camino correcto.
Y mientras lo segundo que haga cada día al levantarme sea contestarme a mí misma que sí, que él hace que la lucha valga la pena, sabré que estoy en el camino correcto.
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