miércoles, 2 de abril de 2014

Está lloviendo

Una actualización mañanera para recordar un sentimiento que se me ha colado sin haberlo podido evitar...culpa de una canción de Pereza, "Está lloviendo", que me ha evocado un día de diciembre frío y lluvioso de 2009 y un autobús rumbo a casa para una visita exprés. 

Cada gota de la ventana y la luz de los coches marcaba el recuerdo de un beso la noche anterior. Un viaje, un aeropuerto, una llamada perdida para decir "Ya he llegado" y unas sensaciones que no se parecían ni un poco a las del año anterior. 

Aunque quiera, no puedo describir únicamente con las palabras cómo me sentí aquella tarde. Pero el escalofrío que me recorre al recordarlo me hace pensar que las cosas no han cambiado tanto: ni los sentimientos. Me hace darme cuenta  de mi postura en un punto muy parecido; el de no saber a dónde voy, pero estar metida hasta el cuello en algo que de no quitarme la vida, mantendrá una llama para siempre.


Mi corazón no volvió a ser el mismo. 

domingo, 2 de febrero de 2014

Comunicado de autodefensa

No tengo ningún problema en escribirte directamente, al fin y al cabo esta es casi tu casa. Aquí he guardado cada momento, cada recuerdo y cada pensamiento, a veces tan disfrazado que ni yo misma puedo entender ahora algunas veces a qué me refería cuando lancé esas palabras. Pero todas venían de mis sentimientos.
Y estas no van a ser menos.

Te quiero. Y cualquiera que me conozca lo sabe. A veces te he querido mucho, a veces me has dado verdadera tirria y montones de veces más nos hemos tirado los trastos a la cara sin piedad para luego reírnos de una gilipollez juntos al día siguiente. Me importas. Y cualquiera que me conozca lo sabe. Me importas hasta cuando digo que no me importas y me seguirás importando porque para algo has sido protagonista de mi peli durante meses y meses y meses, tantos meses que han llegado a formar años. Y no, no te quiero echar de la película ya, así, tan pronto, ni siquiera cuando rompo el guión y me voy enfadada. Seguro que tú también tienes una lista infinita de motivos por los que dar portazo y no volver nunca más, y a veces me pregunto qué guiño del destino hay detrás de todo esto para que al final no podamos estar el uno sin el otro. Una vez incluso "Alguien" llegó a decirme que no importaba lo que viniera para mí en los capítulos siguientes, que Tú ya eras el hombre de mi vida. Y yo hoy, sentada en la cama con el ordenador en las rodillas y estas pintas de loca te aseguro por lo que más quieras que de haber sabido todo lo que se avecinaba me habría ido bien lejos para no volver en aquel preciso momento.

Y conforme fue pasando el tiempo, menos tuvimos que echarnos a la cara el uno al otro, pues ambos tuvimos la culpa de que nuestra relación fuera una montaña rusa; así nació, así seguirá. Y yo nunca te he culpado por no quererme como yo te quise a ti: yo nunca te he pedido que me quieras. Sin embargo, mucho tengo que agradecerte pues siempre has sabido quererme a tu manera, tenerme en cuenta, para lo bueno y para lo malo, como tú dices. Has sido mejor amigo de lo que muchos llegarán a saber, pero eso no te convierte en el único; de hecho, me vaya bien o mal (más bien mal), puedo dar gracias a diario por la gente que me rodea, esa que me quiere aun cuando más insoportable soy: esa que se quedó conmigo cuando tú te quedaste al otro lado de la puerta, ¡Y ojo! De nuevo sin reproches, porque yo saqué el "Mihura" que llevo dentro para seguir siendo tu amiga a pesar de todo y tú hiciste lo que mejor sabes hacer, seguir estando ahí hasta cuando yo pretendía apartarte, jugando tus cartas, interpretando ese papel en mi vida del personaje (y nunca mejor dicho lo de personaje) que nunca se ha de marchar.

Y todo este cuento viene porque ahora te quieres marchar. Porque, básicamente, me has castigado. Me has castigado por estar enamorada de alguien malo malísimo (que no eres tú): me has castigado porque sientes que te he dejado atrás, y me has castigado porque la versión de mí que te gusta es aquella que no puede vivir sin ti, y entre otras cosas, no conoces otra. Así que por nosécuántavezyahoy te digo que lo siento. Siento ser un quebradero de cabeza, siento ser una carga, siento estar ciega y ser un poco torpe. Siento que se caigan las expectativas de los que me rodean por mi culpa, nada más lejos de mi intención. Lo siento de veras. Creo que esta tarde he dicho varias veces "Yo sólo pido..." y ha sido un error. Porque yo no pido nada, porque entre otras cosas no creo que la amistad se pida. No creo que el que está ahí ofreciendo su hombro para que lloren en él lo haga porque se lo han pedido, sino que lo hace porque lo siente así. Al menos yo lo siento así cuando me toca estar en el otro equipo.
¿Comprensión? ¿Paciencia? ¿Apoyo? Lo que queráis darme...
No pasa nada; yo sabía a lo que me exponía, conocía los riesgos, lo que podía perder, y lo que podía ganar. Y lo que más me cuesta hacer ver al mundo en los últimos meses es que estoy donde estoy porque yo lo he querido así. Ah, y además he sido muy feliz por cierto...


Pero hay una cosa en la que sí te voy a dar la razón: tengo que quererme un poco más. Y voy a empezar desde este momento. Voy a confiar en mí y en lo que siento y a permitir que los consejos de los demás sean guías pero en ningún momento cuerdas. Y voy a llorar si me apetece llorar y a pelear un poquito más si aún me quedan fuerzas. Si no quieres estar ahí, no te guardaré ningún rencor. Al fin al cabo no somos tan distintos, y a pesar de los consejos (sabios consejos) de los de nuestro alrededor, todos tenemos en nosotros mismos la última palabra: la decisión final.

Y la mía aún no ha llegado.
Y la suya tampoco.
¿Y la tuya?

miércoles, 8 de enero de 2014

Una mirada vale más que mil palabras

                Me gusta mirarlo cuando él no me mira. Es ese momento que todos compartimos alguna vez en nuestra, sana supongo, envidia hacia la gran pantalla. Creo que todos queremos ser los protagonistas de una pequeña historia alguna vez; una de esas con flashback y una música chula de fondo que evoque tiempos mejores o sentimientos de nostalgia. Yo me sumerjo en mi pequeño cortometraje cuando lo miro, sobre todo cuando lo miro a través de la mesa, colocando sus papeles y acertando con las teclas del ordenador. Lo miro desde la perspectiva desde la que lo he mirado muchas veces más y sobre todo lo miro sonriendo al pensar que son los mismos ojos que un día no querían parar de mirarlo, y ahora tampoco quieren. Mirarlo no supone una forma de examinarlo, más bien lo contrario: me examino a mí en mi percepción de él, y por ahora la respuesta ha venido dada involuntariamente por unos sentimientos que afloran al recordar las tardes de verano, aquella viveza, ese positivismo que a mí me revivió y siempre agradeceré. Veo al chico del polo azul marino que ahora lleva jersey y eso me recuerda el paso del tiempo. Veo que nota que lo estoy mirando y no le importa, ni siquiera aunque hayamos tenido alguna “peleilla”, porque el tiempo se encarga de rozar a las personas para que así sean más conscientes de lo que pueden perder.
                Pero sobre todo me gusta mirarlo porque sé que tarde o temprano va a levantar la mirada y me va a corresponder, y mientras eso pase y le sigan brillando los ojos, sabré que el día no ha pasado en balde.


Buenas noches.

martes, 7 de enero de 2014

Microcuento

Él se esforzaba año tras año por enseñarle qué era la magia. Los ojos misteriosos, la varita, la capa y la chistera no eran razón suficiente para que ella creyera en su poder. Entre apariciones y desapariciones, palomas, conejitos blancos y pañuelos de colores pasaban las semanas hasta que ella, finalmente, se rendía al embrujo de un truco que no supiera explicar.

El problema es que después de los focos y las risas, cuando el truco acababa y bajaban de aquel escenario, él volvía a la vida real, aquella donde sin la capa y la chistera no lo reconocían, pero para ella no había otra realidad que no fuera la magia.

Ella se quedó atrapada en el viejo truco de la sierra hasta tal punto que siempre creyó que una parte de ella permanecía guardada en una caja, esperando a ser recompuesta. Y él era un ejecutivo inadvertido en una multitud de sueños, un estirado con corbata que guardaba una baraja en el maletín.

A veces sus vidas se cruzaban un momento en aquel teatro abandonado, donde ella refugiaba sus pensamientos y él daba alas a su vocación. Pero sus mundos nunca llegaron a tocarse.
Porque él no sabía ver la magia en la realidad; y para ella no había otra realidad, que no fuera la magia.

domingo, 5 de enero de 2014

M

Un año más nos situamos en este día agridulce que me recuerda que mis ilusiones de cada año se ven contrarrestadas por la necesidad de mi mayor ilusión, que es el poder haberte conocido.

Intento imaginarte regañándome, abrazándome, dándome besos y cuidándome ante el resto. Intento pensar siempre que nos llevaríamos muy bien, incluso que formaríamos un buen equipo.

No hace mucho tiempo encontré una foto tuya que nunca había visto: sentado, tan tranquilo, como delante de la tele, comiendo algo de un gran cuenco. Sonreí al pensar que seguramente yo estuviera haciendo lo mismo y de hecho aquella noche soñé con la necesidad de tenerte a mi lado, como a un amigo.


Este es mi pequeño homenaje hacia ti, hacia la persona que de alguna manera siempre está; a la que más de una vez seca mis lágrimas desde el cielo con caricias.

martes, 31 de diciembre de 2013

New Year's Eve

2014
               
                De momento sólo cuento con un balance…una pequeña reflexión, quizá más que nada un resumen de mi año, pero no tengo conclusiones, no sabría definir en pocas palabras lo que los meses que se marchan han supuesto para mí; quizá porque ha sido tanto, tanto, lo aprendido este año, que no puedo más que plasmarlo en letras que poder releer de aquí a algún tiempo, cuando necesite recordar que la vida es un círculo que por cada cosa mala una buena te da. Y viceversa.
Empecé por comerme las uvas, decidida a que fueran el entrante de un menú llamado “vida nueva”, aquella que vino marcada por un gran cambio en el ámbito sentimental. De hecho, casi podría afirmar que el año que se está desvaneciendo ha supuesto una montaña rusa de sentimientos que aún divagan sin haber desembocado en un camino concreto. En cualquier caso y aunque ahora, me consta, he perdido mucha credibilidad, no fue fácil, ni sencillo. Y dolió, porque es duro para todos dejar atrás las cosas que un día amamos. Sea como fuere, el año empezó marcado por el retorno a Praga, donde habría de pasar casi media docena de meses. Praga fue la maestra, la anfitriona de mi cambio, una madre que me arropó cuando la mía estaba lejos, mi compañera y mi más íntima amiga. Aquella María algo irascible no habría de volver de la República Checa nunca más: aprendí a contar hasta 10, a darle importancia a lo importante y a restársela a lo banal. Aunque aún me quedaba un error por cometer: desenterrar una historia que ya creía acabada hasta el punto de equivocarme, de equivocarte incluso. La historia interminable volvía a abrir sus páginas momentáneamente y por un instante creí tocarte; sentí, durante unos días, que podía escribir aquel final que tanto nos intrigaba. Y como ya he  dicho, me equivoqué, o eso creí, porque el tiempo en su caprichoso movimiento me dio, si no el último capítulo, la certeza de que no estaba loca cuando escribí el prólogo.  Ahora necesito algo más de tiempo, para saber cuán sabios o tontos hemos sido: hagan sus apuestas.
Para cuando retomé el contacto con el calor español, logré el mayor éxito de mi vida hasta el momento: terminar mi carrera. Pocas cosas me hacen sentir más orgullosa ahora mismo, pocos tesoros son más valiosos que sentirse realizado en lo que te gusta.
No habría de ser un verano corriente aquel cuyo preludio fue un invierno de cambio, y lo cierto es que trabajar en algo que a priori sonaba a chino para mis oídos abrió mis puntos de mira y llenó un espacio que había quedado raro, vacío y hasta solitario. Para cuando volví a mirar al sol tu sonrisa ya le hacía sombra. Tú, ahora, en el momento presente del teclado, eres, junto a mi carrera, el segundo acontecimiento más importante del año. Tú, que me devolviste la vida, y queriendo ser parte de ella aún no  te has ido. Tú, que eres tan real como incierto y que ahora me miras con unos ojos llenos de dudas (casi más de las que pueda tener yo)pero sobre todo de amor del que se siente pocas veces en la vida, eres mi mayor propósito para el año que entra: eres el que me hace quedarme y el que ahora, en la perspectiva que da la distancia, me hace ver que todo lo vivido no ha sido en balde. Y creedme, no lo será; ni siquiera si te vas. Así me lo has enseñado.
Con el movimiento de las historias que tienen pronóstico reservado y la marcha incansable de las semanas, me planto en el fin de año con una mala racha que parece quedarse atrás, pero que como decía al principio, algo bueno lleva consigo: muy agradecida a todos los que han demostrado cumplir con creces lo que la palabra amistad significa, y también muy convencida de que amistad es un sentimiento aplicable a compañeros, familiares e incluso personas que no ves con la frecuencia que te gustaría. No voy a nombrar a nadie porque esto no necesito recordarlo luego: viven todos en mí. Entusiasmada y a la vez asustada si pienso en el designio sentimental: con mis ganas de luchar y el temor a que este año que entra te aparte de mi lado asemejándose así al año que se marcha. Pero ante todo con ganas, porque estos cambios vienen a demostrar una vez más como cierto aquello que llevamos por bandera y siempre se nos olvida cumplir: hay que vivir el momento. Por eso dejo aquí el balance, el resumen, pero me decido por el día que vivo, porque en más o menos medida nuestra mente se está posicionando en lo que nos traerá en enero y no, no deberíamos olvidarnos de despedir a este diciembre como se merece, aunque sólo sea porque es el mes más valiente, pues arrastra el peso y el cansancio de los meses a su espalda, de las cosas que quedaron en el tintero y las que no salieron como esperábamos; pero siempre se marcha con esperanzas renovadas, las que nosotros queramos darle: el aliento para la nueva hoja del calendario.
Dicen que cuando una puerta se cierra se abre una ventana. Yo quiero abrirlas todas, para empezar desde este mismo momento a liberar las cargas de diciembre del año que viene; y eso, es un propósito diario, no de Año Nuevo.


Feliz 2014

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Merry Christmas

Y ahora, tras la primera toma de contacto con la ansiada (o no) Navidad, vienen esos días de reflexión, de balance, de lo que sí de lo que no, los asuntos pendientes, de dónde quedaron las ilusiones que juramos hace ahora trescientos sesenta días. 


Pensaba escribir mi balance y sobre la marcha he decidido esperar. De hecho, si no tuviera que cenar con la familia, recoger la mesa y prepararme para las uvas seguramente dedicaría ese último rato a la escritura, para asegurarme de que poco o nada varíe mi vida desde balance al momento de las campanadas; y es que si algo me ha enseñado el 2013 y aún más mi situación actual es que todo puede cambiar en un momento. Y no han sido pocos no, los cambios de este año: pero lo dicho, luego os lo cuento.


De momento me voy a dormir feliz en este casi acabado día de Navidad. Feliz... en esta felicidad que a ratos se hace amarga, porque los días me van haciendo cada vez más impaciente, cada vez más exigente. Si ya conocía la fugacidad de los momentos felices, incluso el miedo que da saberse feliz y temer que algo malo venga pisándote los talones, ahora, feliz o no, casi siempre tengo miedo: ese miedo tan enfermizo que siente el que ve tambalearse sus mayores ilusiones, el que vive trazando planes casi paralelos a veces, como queriendo crear una falsa línea de seguridad por si alguno de ellos hubiera de fallar. 


Tendemos a comparar nuestras vidas con el mar, la playa, el vaivén de las olas como sinónimo de nuestros propios cambios...pues bien, ahora creo que a la playa van dos tipos de personas: las que no se molestan en construir un castillo de arena porque saben que cuando suba la marea se destruirá y lo poco que quede de él será barrido por la máquina que pasa a primera hora de la mañana, y las que lo construyen sin más, asumiendo el riesgo, con la ilusión de un niño para verlo montado; porque al final, no importa las torres que tenga, seguramente no tenga bandera, ni princesa, ni cocodrilos, ni dragón... pero como Sergio y yo solemos decir muchas veces: ¿Y lo que nos hemos reído? Pues eso, eso es lo que se pierde el hombre escéptico que no construye su castillo. 

Por eso quiero irme a la cama feliz en el miedo, pero agradecida de tener un cubo y una pala. Voy a construir y voy a disfrutar de la arena (ahora, que toca nieve, muñecos y belenes, así soy yo). Porque por ti volvería a construir la Torre de Babel con sus siete pisos, y si al final el mar se la lleva, empiezo otra vez.
Por eso somos arena y tenemos tantas formas.




Buenas noches